miércoles, 11 de junio de 2008

H. H. HOLMES, UN PIONERO AMERICANO DEL CRIMEN


No se puede precisar quien fue el primer asesino en serie de la Historia, pero sí que se pueden apuntar los nombres de algunos que iniciaron la “época moderna” de locura y crímenes.. Aunque anteriormente ya hubieron asesinos en serie, como John Wesley Harding, H. H. Holmes puede llevarse el mérito de ser considerado el primer gran psicokillers de la nueva época.

Hermann Webster Mudgett nació el año 1861 en Gilmanton, New Hampshire, y tuvo, como no, una infancia difícil y cruenta.

El final de su carrera llegó tras la acusación de un compinche de correrías. La investigación de un delito de fraude a una aseguradora dejó a los detectives sorprendidos, tras ir descubriendo cadáver tras cadáver, todos asesinados por la cruel y desequilibrada mano del entonces llamado Holmes.

Pero vayamos al principio, y dejemos el final para más adelante.

Tras una infancia, en la que la figura del padre alcohólico fue decisiva, se graduó en la escuela de medicina, y consiguió el título de ayudante de laboratorio de farmacia. La vocación no llegó, dicen los cronistas, de un deseo de ayudar al prójimo, sino de una obsesión por la muerte y los cadáveres proveniente de una ocasión en la que, al parecer, los chicos del barrio quisieron aterrorizarle con un esqueleto humano. Esa aventura le marcó profundamente y le hizo desarrollar una especial afición.

Su vida romántica no fue muy bien, ya que se casó en tres ocasiones, sin ni siquiera haberse divorciado de la primera. Era otra de sus facetas: la de embaucador y estafador, una faceta que le llevó a la cárcel.

En 1880 se había trasladado a Chicago, donde comenzó a trabajar como ayudante en una farmacia, propiedad de una mujer y su familia. Allí tomó contacto con la gente de la ciudad, y se creó un grupo de amistades, sobre todo femeninas, que le ayudaron a establecerse definitivamente allí.

Unos meses después, la propietaria de la farmacia y su familia desaparecieron. Holmes era entonces el propietario del negocio. Dijo que la dueña le había vendido el despacho y que se había ido a vivir a otro estado. No se sabe a ciencia cierta la verdad de esta historia, pero visto lo que sucedió después, no es difícil imaginar el trágico final de esas personas.

Con los beneficios obtenidos con la farmacia, adquirió un solar justo enfrente. Al poco tiempo, comenzó a edificar un edificio, cuya construcción se prolongó durante varios años, y que tenía varias peculiaridades: entre ellas, su fachada, que recordaba a un castillo medieval.

Chicago era entonces un punto muy importante a nivel mundial. Tanto era así que en 1883 se celebró en esta ciudad la Feria Mundial, y durante seis meses fue el centro del mundo occidental.

El edificio continuaba creciendo, pese a que los contratistas eran despedidos a las pocas semanas de coger la obra. Así, Holmes se aseguró de que nadie entendería del todo los complejos planos de la vivienda.

Esta constaba de varios pasos secretos que comunicaban habitaciones entre sí. Otras estaban totalmente aisladas del resto, y complejas canalizaciones podían verter en ellas los más variados gases, sin dar posibilidad al incauto que durmiera en ellas de escapar con vida.

Así, aprovechando la Feria, Holmes puso en alquiler las habitaciones.

Muchas mujeres con dinero, solas y aventureras, que ansiaban conocer nuevas experiencias, se alojaban en el “Castillo del terror”, como se conoció después.

Eran observadas por las multiples mirillas que había abierto en todas las estancias, y mientras las espiaba, decidía qué fin iba a aplicarles.

En unas ocasiones, lanzaba una mezcla de gases que provocaban una lenta y agónica muerte, que él contemplaba desde un lugar seguro. En otras, habría la puerta camuflada en mitad de la noche y violaba y asesinaba con sus manos a la incauta víctima.

Luego, se deshacía de los cuerpos en el sótano, donde los incineraba e incluso, dicen que vendía los esqueletos a estudiantes de medicina poco escrupulosos.

El fin llegó cuando, para financiar sus macabras aficiones, se dedicó a timar a varias aseguradoras.

Intentó hacer pasar por muerto a Benjamín Pitezel, un padre de familia con un suculento seguro de vida: algo más de 10.000 dólares. Junto a varios maleantes, preparó un cadáver que fue calcinado en un hotel y fue identificado como el presunto cadáver. Luego, en lugar de repartir el dinero entre sus ayudantes, Holmes se fugó. Uno de estos, vengativo, comunició a la aseguradora el timo y esta contrató a unos detectives para cogerlo y detenerlo.

Lo detuvieron, pero se encontraron con algo sorprendente: efectivamente, el cadáver sí era el de Pitezel. Holmes lo había asesinado y había ocultado esto a sus compinches e incluso a su mujer del desdichado. Incluso había convencido a la mujer para custodiar a los hijos de ambos hasta que pasaran unas semanas y no se levantaran sospechas.

La investigación llevó a la policía hasta el “castillo”, donde se hallaron restos de hasta 27 cuerpos. Muchos de ellos de mujeres, pero otros de hombres e incluso niños.

Quizás, ¿sería alguno de estos de los tres niños Pitezel?

La opinión pública se escandalizó, al saberse que los asesinatos habían comenzado años antes, cuando estudiaba medicina y había asesinado a un compañero para cobrar el seguro. De ahí venía su desahogo económico, de defraudar con varios nombres falsos a compañías de seguros.


Fue ajusticiado el día 7 de mayo de 1896, en la horca.

2 comentarios:

J.E. Alamo dijo...

Dos palabras: JO-DER

Crónicas de Sepelaci dijo...

Una joyita de persona, ya ves...

Un saludín