sábado 4 de julio de 2009

Samuel Herbert Dougall, el galán asesino

Sabemos por los diferentes tipos de asesinos que han circulado por estas páginas que la infancia es determinante para los aberrantes y terribles comportamientos que vemos en su madurez.
Pero no siempre es así, y ese carácter violento y cruel se desarrolla al madurar.
Samuel Herbert Dougal no tuvo una mala infancia. Nació en la Inglaterra victoriana y creció con las estrictas normas de la época, pero dentro de la normalidad imperante, sin estridencias ni grandes problemas.
Su adolescencia fue la que correspondía a esos años, y al crecer, decidió servir en el ejército, donde consiguió una hoja de servicios limpia y brillante, sin ninguna mancha. Era un buen y fiel soldado.
Allí consiguió un sueldo de 2 chelines y nueve peniques al día, un pequeño salario pero que le permitía tener una vida tranquila. No obstante, él veía como sus oficiales tenían más dinero, vivían mejor y esa vida le atraía.
Se casó y tuvo cuatro hijos con su mujer, en un matrimonio que no destacó por la infelicidad ni cualquier otro signo que demostrara que la situación fuera crítica.
Él se encontraba algo asfixiado en el matrimonio, se sentía costreñido en la casa, le faltaba el aire.
En 1885 comenzó a idear un plan: iba a medrar en la sociedad y conseguiría hacerlo por cualquier medio.
Su mujer era una buena mujer, dulce, cariñosa y buena esposa, pero la desgracia se introdujo en el hogar de Dougal, a consecuencia de su prematuro fallecimiento.
La causa aparente: una ingesta masiva de ostras crudas. Su muerte fue terrible, agónica y dolorosa. Un envenenamiento había segado la vida de la mujer y Samuel se sentía mal, triste y compungido.
Nadie sospechó otra cosa, ni se abrió investigación por la muerte.
Samuel era un galán victoriano. Vestía siempre con corrección y elegancia, así que a nadie le extrañó que en menos de un año ya tuviera otra mujer a punto de casarse con él.
Y así lo hizo, con una joven a la que superaba ampliamente en edad. Ella sólo vivía por él y le dio toda su vida.
En el mismo año, 1885 esta joven sufrió una serie de calambres, temblores y convulsiones que la llevaron a la tumba.
Pobre Samuel, pensaba la gente, en un mismo año había enterrado dos esposas. Pese a esta casualidad, no despertó ningún tipo de sospechas.
El compungido esposo se refugió en los brazos de incontables mujeres, decenas de amantes que pasaban por su lecho, y los resultados fueron, por desgracia, bastante nefastos.
Y no porque asesinó a ninguna de ellas, sino porque el número de hijos que surgieron de esa época fueron numerosos. Nunca se hizo cargo de ellos y dejó a muchas de ellas en precarias condiciones.
En 1892 contrajo de nuevo matrimonio. En esta ocasión fue una joven irlandesa, que no pudo retener a su lado al galán. Por suerte para ella, por supuesto.
Continuó frecuentando mujeres, sin ataduras, hasta que encontró la mujer que esperaba.
Camille Holland era una solterona victoriana que no esperaba ya encontrar un hombre con el que compartir su vida. Y tenía una considerable fortuna, a la que Samuel puso la vista encima.
Al encontrar a Samuel, creyó encontrar por fin a la compañía que tanto esperaba y comenzaron a establecer una relación.
Él le contó que estaba casado pero que el matrimonio estaba acabado, así que Camille decidió irse con él hasta Essex, un condado casi despoblado en el que encontraron una granja donde sembrar su amor.
Allí tomaron como interna a una jovencísima Florence, que atendía todas las necesidades del hogar.
La pareja medraba en el apacible pueblecito, en mitad del campo, pero…
Samuel no encontró allí lo que necesitaba. Al poco tiempo, la casa se le volvía a caer encima. La rutina y la única presencia femenina de Camille le exacerbaba. Necesitaba más mujeres, y se fijó en Florence.
Una noche, salió de su habitación y se dirigió hacia el dormitorio de la joven. Entró violentamente en ella, pero por fortuna, pudo escapar y se dirigió a la habitación de Camille. Esta le aconsejó que no le tuviera esto en cuenta a su compañero ya que seguramente se trataba todo de un momento de pasión desatada y no tenía importancia. Ella no quería aceptar la naturaleza de su esposo.
Florence se fue esa misma noche de la granja, dejándolos solos en ella.
A los pocos días, Samuel se hartó de su vida, cogió su escopeta y descerrajó dos tiros en la cabeza de Camille. Encontró un lugar solitario, en los lindes de su finca y la enterró.
Había conseguido imitar la firma de Camille y firmaba cheques que cobraba. Así consiguió, durante meses, conseguir el dinero de la mujer. Mientras, nadie sabía qué había pasado con ella, todos creían que estaba viva y en casa.
Sus correrías en el cercano pueblo comenzaron a circular historias sobre las correrías de Samuel con las jovencitas y sus devaneos con las jóvenes.
Se reconcilió con su mujer, la irlandesa y la hizo pasar por ella, pero lo abandonó pronto. Los sobrinos de Camille comenzaron a sospechar e iniciaron una investigación sobre su paradero, ya que hacía varios meses que no sabían de ella.
La policía llegó a la granja y finalmente, localizó el lugar donde enterró a su víctima y lo detuvieron. En el juicio fue declarado culpable de ese crimen y se intuyó su participación en las muertes de sus primeras esposas, aunque no se pudo demostrar. Finalmente, se le sentenció a muerte y se le ahorcó en 1903.

viernes 29 de mayo de 2009

Louis Van Schoor, el cazador blanco


Suráfrica, un país que hasta hace bien poco, tenía el dudoso honor de ser un país donde la segregación racial era un hecho, donde un pequeño grupo de la población se creía con derecho a pisotear a una inmensa mayoría, por el mero hecho de tener la piel de otro color. Un sinsentido que era aplaudido por el Estado opresor y que trajo miles de muertos bajo el paraguas del racismo.

Louis Van Schoor nació, el año 1953, en ese país. Era un hombre blanco y por tanto, superior a la mayoría de habitantes del país.

Los primeros 33 años de su vida, fue una persona normal y corriente, ni mejor ni peor que otros conciudadanos de su situación. Incluso, durante esa etapa de su vida, consiguió entrar en el cuerpo de policía. Durante doce años prestó servicio como agente de la ley y el orden, sin pena ni gloria, hasta que, por fin, lo abandonó.

Las malas lenguas aseguraban que no había sido muy buen agente. Que, como otros muchos, había sido sorprendido dando palizas a “sospechosos” negros. Su odio hacia los oprimidos por el régimen del apartheid crecía cada año más. Decían sus enemigos que había abandonado el cuerpo sólo cinco minutos antes de que lo despidieran. No es que a nadie le importaran mucho las víctimas, pero su nivel de violencia ya había superado lo tolerable.

Entró al servicio de la agencia de seguridad “Buffalo Security”, dispuesto a hacer cumplir su querida ley. En aquella época, y en Sudáfrica, los oficiales de seguridad tenían pleno derecho a ejecutar la ley como si fuera un policía. E iban armados. En el caso de Van Schoor, su arma estaba preparada para causar la muerte con el mínimo número de disparos, con las temibles balas Dum-Dum.

Entonces fue cuando comenzó su fulgurante carrera como asesino en serie, y además, amparado por la ley y su uniforme.

Era 1986, y puso su primera muesca en su pistola.

Un hombre negro fue abatido por Van Schoor. La excusa fue que escapaba de un lugar donde se había producido un robo y tras dar el alto, disparó y le mató.

Poco tiempo después, se descubrió que el hombre iba a trabajar y que nadie le dio el alto. Fue un asesinato, pero siendo un negro, a nadie le importó.

Louis estaba pletórico. Nadie podía pararle. Tenía a su disposición todo un país lleno de dianas móviles y una total impunidad para dispararles. Nadie podía pararle.

Comenzó su brutal cacería.

En sólo tres años, sus balas fragmentadotas impactaron en 101 personas. Las que sobrevivían, quedaban totalmente deformes, o incapacitadas de por vida. Esa munición se abría al entrar en la carne y destrozaba por completo los músculos y huesos, imposibilitando su recuperación.

En 1988, Louis contaba ya con 39 muertos, y el resto, terriblemente lesionados.

Fue ese año en que las autoridades decidieron poner fin a las correrías de Louis.

El motivo fue su última hazaña.

Dos jóvenes de 13 y 14 años, de color, por supuesto, osaron entrar a un restaurante de blancos. Louis los vio y los detuvo. La intención de los dos niños era utilizar el baño, pero Louis no permitió ni un solo comentario.

Un disparo certero terminó con la vida de Peters, el mayor de los dos.

Con John, se dispuso a divertirse.

El primer disparo le impactó en la pierna, destrozándola. Le dejó avanzar unos metros y le disparó un segundo tiro en un glúteo. Después la emprendió a patadas en la cabeza, provocando así que perdiera varios dientes.

Minutos después del primer disparo, y tras entretenerse con el cuerpo inerte del joven, le descerrajó un Cen el hombro, causando, por fin, su muerte.

Sus jefes le entregaron a la policía, y fue detenido y juzgado.

Sin embargo, la sociedad blanca se escandalizó con esta detención. ¿Cómo se podía acusar de asesinato a una persona que quería hacer cumplir la ley? ¡Un héroe de las calles, un gran hombre!

El abogado defensor llegó a decir que sí, que había matado a 39 negros, que que le vamos a hacer, pero si se hubiera tenido ocasión, seguro que también podría haber matado a algún blanco…

Sólo la salida de prisión de Nelson Mandela consiguió que se reconocieran los delitos de este presunto defensor del orden, que había matado y disparado al amparo de la ley a todos los que le había parecido, sin más motivo que el odio racial y el sinsentido de la rabia.

lunes 27 de abril de 2009

Fritz Haarman, el carnicero de Hannover


Es curioso como los momentos difíciles de un país, de una ciudad o simplemente de una comunidad puede llegar a disparar la imaginación de quien ya anda un poco descentrado y llega a crear modos, digamos curiosos, para dar rienda suelta a sus perversiones.

Fritz Haarmann nació y creció en la Alemania de finales del siglo XIX, un momento que devenirá en trágico a raiz de las dos grandes contiendas que comienzan a fraguarse en esos años.

Además, su familia no fue lo que se podría denominar una familia modélica. Su padre bebía demasiado y solía paliar sus frustraciones golpeando a su mujer y a sus hijos, tres niñas y el pequeño Fritz. La mujer, también atrapada en la trampa del alcohol se abstraía vistiendo y tratando al joven como una niña, cosa que encolerizaba más al brutal progenitor y causaba una nueva tanda de golpes.

Sus hermanas no tardaron en huir de casa y cayeron en las turbias aguas de la prostitución y el alcohol, mientras que Fritz fue a parar a una academia militar para, según su padre, hacer de él un hombre.

En esa turbia época, Fritz ya fue detenido por acosar sexualmente a varios niños de menor edad y fue expulsado con deshonor de la academia. Además, el joven comenzó a sentir en sus carnes el dolor que suponía padecer crisis epilépticas, además de ser homosexual. Estas dos situaciones provocaron su ingreso en una institución mental, ya que en esa época se aplicaban toda suerte de tratamientos y terapias cruentas y contundentes para tratar lo que consideraban una enfermedad.

Su comportamiento fue ejemplar mientras recibía los tratamientos, y en 1903 salió a la calle con la ilusión de comenzar una nueva vida.

Durante años, su vida pasó con pequeños delitos, trabajos efímeros y bastantes llamadas al orden por su afición a perseguir a adolescentes con fines obscenos.

Se inició en el oficio de carnicero y una vez estalló el primer conflicto mundial, comenzó a traficar con carne, un bien escaso durante la contienda. Cerdo y caballo eran las carnes que solían circular de manera escondida gracias a Haarmann y otros como él, que vendían a un precio alto, pero que siempre encontraba quien lo adquiriera.

En Hannover, donde encontró su hogar el carnicero, se hizo con la propiedad de una buhardilla en Neustrasse, el llamado “Barrio de los Ladrones”, una zona de la ciudad que ofrecía refugio a los marginados de la sociedad.

Al terminar la guerra, se produjo una disminución en la cantidad de carne que se podía disfrutar, aún en el mercado negro, y en consecuencia, los ingresos comenzaron a menguar.

En 1919, con la ayuda de su amante y socio, Hans Grans, comenzó una temporada de crueldad y horror para los jovenes de la ciudad alemana.

Según los informes policiales, fue en septiembre de ese año cuando se registra la primera desaparición en la que la mano de Fritz está presente. Convenció a un joven de 17 años, Friedel Rothe, para que le acompañara a su buhardilla a fin de pasar la noche en una cama caliente y comer algo decente. Sus padres denunciaron su desaparición, y el nombre del carnicero surgió en la declaración.

En su casa, los policias, que conocían a Haarmann por ser confidente suyo, pasaron por alto varios indicios de la presencia del chaval, e incluso dejaron de ver la cabeza del muchacho, escondida tras la puerta de la cocina, envuelta con unos periódicos.

Envalentonado por la situación, el carnicero de Hannover se liberó.

La situación caótica del país propiciaba que miles de niños huyeran de casa, en busca de un futuro en las grandes ciudades, y Hannover no era una excepción. Jovenes de doce a veinte años se agolpaban en la estación del tren, y fue allí donde el cruel asesino encontraba a sus víctimas. Armado con su placa de colaborador de la policía, atraía a sus víctimas hasta su hogar, y los violaba y posteriormente, asesinaba con la ayuda de su amigo y colaborador.

Cuentan las crónicas de la época que en ocasiones desgarraba la carótida de los infortunados con sus propios dientes y disfrutaba viendo como la vida abandonaba sus cuerpos.

Durante cinco años, elegían sus víctimas aleatoriamente y provocaron la muerte de más de cien muchachos.

Por fortuna, unos niños descubrieron en el río junto al que se alzaba el edificio de Haarmann una calavera. Los policitas comenzaron a atar cabos y descubrieron más huesos humanos en el lecho fluvial Quinientos huesos fueron catalogados y se determinó la presencia de restos de unos 23 jovenes.

¿Y la carne?, se preguntará el lector…

Fritz y Hans continuaban con su labor como carniceros, vendiendo unas sabrosas y solicitadas salchichas, que pese a la escasez de matieria prima nunca faltaba en las cestas de estos artesanos.

Pese a que algún vecino había denunciado la presunta composición de la carne de las salchichas, no le habían hecho caso… hasta el momento.

Por la violación, muerte y prácticas de canibalismo, fue sentenciado a muerte y guillotinado el 15 de abril de 1925, mientras que que Hans Grans fue condenado a cadena perpetua, que se conmutó más tarde a doce años de prisión.

lunes 30 de marzo de 2009

Gary Michael Heidnik, un asesino sin alma


La religión, sea la que sea, suele traer a sus seguidores una cierta paz del alma, un camino a seguir y un reflejo de algo superior.

En otras ocasiones, se utiliza la excusa de estas creencias para justificar actos atroces y totalmente desaforados.

El caso de Gary Michael Heidnik es, por desgracia el segundo.

Y es que este joven, nacido en 1943, se encargó de fundar una iglesia, al margen de otras ya existentes, en las que dio rienda suelta a toda su maldad, a su maquiavélica planificación para cumplir sus retorcidos sueños.

Nació en Eastlake, Ohio, en el seno de un matrimonio que se deshizo a causa de los malos tratos y los abusos sexuales que el patriarca, alcohólico desde hacía años, infringía a su mujer. Gary y sus hermanos viven al principio con su madre, pero no tardan en volver a visitar a su padre y su nueva mujer.

En casa de su padre, recibía las burlas del mismo, a causa de un problema que le persiguió durante años: se hacía pis en la cama.

También hubo un nuevo problema: se cayó de un árbol y a consecuencia del golpe, se le deformó el cráneo, provocando que los niños, tan crueles con el diferente, le sacaran un mote “El Balón”.

Para terminar de arreglar su ya delicada mente, su madre optó por el suicidio para escapar de su trágica vida. Su muerte, le destrozó y le dejó muy atormentado.

A lo largo de su vida, se registraron 21 ingresos en centros psiquíatricos, en los que tuvo numerosos tratamientos. Nunca consiguió mejorar.

También se contabilizaron 13 intentos de suicidio, lo que demuestra que la mente de Gary no estaba todo lo tranquila y centrada que debería estar.

En 1971, asqueado de la vida, y tras haberse enriquecido y arruinado varias veces, se le ocurrió una nueva manera de sobrellevar su trágica vida.

Ya por entonces, frecuentaba la compañía de prostitutas, a las que maltrataba y despreciaba. Era su única manera de relajarse, de sentirse feliz.

Su idea, fundar una iglesia, una congregación en que refugiarse y dar rienda suelta a sus instintos: La Iglesia Unida de los Ministros de Dios. Él fue fundador, único miembro y, esperaba, el primero de muchos.

Con sólo 28 años tenía a su disposición todos los recursos de una iglesia recién fundada, en la que se cometían atroces violaciones y palizas a prostitutas. Prostitutas que tenían una característica en común: todas eran mujeres negras.

El nivel intelectual de estas chicas era muy bajo. Él las buscaba así, manejables, con miedo y sin expectativas.

En una de estas brutales citas, la chica consiguió reunir el suficiente valor para denunciar al brutal Gary. La policía le detuvo y el juez le condenó a varios meses de prisión.

La cárcel no sirvió de mucho. Más bien, hicieron que su crueldad y maldad aumentara.

Al salir, pensó en dar un giro a su vida: en lugar de jóvenes afroamericanas, tendría una esposa asiática. Pensaba que así sería más sumisa. Se casó con Betty en 1983. Ella era una asiática que encontró a través de una agencia.

El matrimonio no fue bien, obviamente, y tras unos meses de violaciones, infidelidades y palizas, ella le abandonó.

Gary pensó entonces en aprovechar su condición de obispo de su propia iglesia para rodearse de un harén, de doce, quizás quince esposas.

¿Por qué no, si el imponía sus propias reglas?

Reunió en su hogar a varias prostitutas, a las que sometía a las más crueles palizas.

Pero entre ellas, había una favorita, la primera en acercarse a su Iglesia. Era Josefina Rivera, que consiguió ser su lugarteniente, y la que reclutaba a las chicas para ser sometidas por él.

Ella también recibía su propio castigo, pero ella consentía, se dejaba llevar, igual que el resto.

Largas sesiones de sadomasoquismo, palizas, las obligaba a golpearse entre ellas, y las violaba sin dar opción a escapar.

Y llegó el momento en que, por desgracia, dos jóvenes murieron.

Gary las encadenaba en un sótano, las golpeaba allí. Sandra Lindsay murió allí, colgada del techo. Había abortado un hijo de Gary, y el castigo fue morir así, de inanición y abandonada a su suerte.

La otra, Deborah Dudley, murió a consecuencia de una sesión sadomasoquista. A Gary se le fue la mano y la electrocutó.

Se deshizo de los cuerpos, utilizando su pavorosa y depravada mente: pulverizó los cuerpos e hizo una papilla de carne cocida, que dio a comer a sus chicas. Los restos más grandes, se los dio a su doberman, que disfrutó con brazos y piernas.

Las chicas comieron los cuerpos de sus compañeras, sabiendo que lo hacían, obligadas por el cruel Gary.

Josefina estaba a punto de explotar, encerrada y agobiada por la maldad de su mentor, así que consiguió escapar de su control. Obtuvo permiso para ir a ver a su familia, haciendo uso de sus privilegios de favorita.

Le denunció ante la policía y fue detenido.

Los agentes encontraron restos de las dos fallecidas, y a tres muchachas maltratadas, con los timpanos perforados por un destornillador, desnutridas …

Nadie ayudó a Gary en el juicio, ni siquiera su abogado defensor. Fue condenado a muerte y ejecutado el día 6 de julio de 1999.

jueves 19 de febrero de 2009

Paul Bernardo y Karla Homolka, la pareja perfecta


Imagina una pareja formada por un joven bien parecido, guapo, musculoso, rubio y atento y una rubia explosiva con un físico perfecto y unos ojos encantadores. Barbie y Ken, decían sus familiares que les llamaban, ya que se asemejaban a las míticas muñecas de Hasbro.

Pero debajo de esa perfecta unión, se escondía algo mucho más oscuro y terrible.

Paul Bernardo tuvo una infancia feliz, y se crió como lo que era: un chico atractivo y risueño que encandilaba a las muchachas con su sonrisa y su cara pecosa. Esto fue así hasta que su madre le confesó que su verdadero padre no era quien creía, sino de otro hombre, violento y cruel. El efecto fue demoledor y Paul odió a su madre, a la que insultó por haberle ocultado la verdad y se produjo el comienzo al descenso a la oscuridad.

En la Universidad de Toronto su sexualidad se volvió tórrida. Buscaba a mujeres sumisas, a las que podía dominar sin problemas y vejarlas de la manera más perversa.

Tras la graduación, conoció a la mujer de su vida, Karla. Juntos, hacían la pareja perfecta, y a nadie le extrañó que acabaran casándose, en 1990.

Sólo una cosa empañó esta unión: Karla no había llegado virgen hasta los brazos de Paul. Estó molestó al joven, que propuso a su esposa una solución: él se encargaría de desvirgar a Tammy, la hermana menor de Karla. Como compensación a no haber podido hacerlo a Karla.

El plan fue llevado a cabo en unas fechas muy especiales: la Navidad de ese mismo 1990. El 23 de diciembre el hogar de los Homolka respiraba felicidad: sus tres hijas estaban en casa, junto al recién llegado Paul. Tammy, la hermana quinceañera de Karla, se animó a tomar alguna copa de las que le pasó su hermana mayor, sin sospechar que contenían un potente narcótico que la dejaría sin conocimiento al poco rato.

Una vez todos durmiendo, la pareja entró en la habitación de la joven, y, cámara en mano, Paul se dispuso a violar a la niña.

Mientra él abusaba de Tammy y lo grababa todo, Karla mantenía una gasa con sedante en la boca y nariz de Tammy. Desgraciadamente, la combinación de la cena y el narcótico provocó una súbita nausea a Tammy. Karla, sin embargo, no apartó el paño y la joven se tragó su propio vómito, muriendo asfixiada.

Llamaron a una ambulancia e hicieron creer que lo habían descubierto accidentalmente, al comprobar unos extraños ruidos que hacía la joven. Cuando entraron, dijeron, ya estaba muerta.

Unos meses más tarde, Paul andaba buscando la manera de encontrar un modo de incrementar sus ingresos. Se decidió por el contrabando de tabaco entre Canadá y Estados Unidos, por lo que inició un periodo de mucha actividad delictiva. Robaba placas de matrícula de otros vehículos para no levantar sospechas en los guardias de la Aduana. En una de sus escapadas en busca de matrículas fue sorprendido por una joven de 14 años, Leslie Mahaffy.

Paul la amenazó con un cuchillo y la llevó hasta su casa, donde se propuso a llevar a cabo la violación. Karla se enfadó porque, mientras ella todavía dormía, Paul “agasajó” a su víctima con bebidas servidas en su mejor cristalería, pero Paul le tranquilizó: participarían ambos en la violación.

Karla temía ser abandonada por Paul, y accedió a participar en el crimen. Paul grababa mientras daba indicaciones a Karla sobre lo que tenía que hacerle a la niña, quien acataba el castigo por miedo de las represalias. Finalmente, Paul dejó la cámara a Karla y se dispuso a terminar la violación personalmente.

Leslie murió entonces.

Su cadáver fue encontrado unos meses más tarde, descuartizado, en el Lago Gibson.

Mientras, se fraguaba una nueva tragedia.

Karla convenció a Jane, una joven de 15 años, para pasar una velada en casa. La drogó y se la ofreció a Paul, quien la violó brutalmente. Por suerte, ella permaneció sedada y no se percató de lo ocurrido. Sobrevivió y pudo continuar con su vida, sin ser consciente de que había sido violada.

El 16 de abril de 1992 secuestraron a Kristen French, de 15 años. Guapa y muy popular, la niña fue objeto de vejaciones y violaciones repetidas durante trece días, hasta que, finalmente, fue asesinada para evitar que delatara al perfecto matrimonio.

A partir de ese momento, la ira y la maldad de Paul se orientaron hacia Karla. Ella ya había sido objeto de los malos tratos de Paul, aunque seguía amándole y siguiendo su juego, pero a partir del verano de 1992, los golpes y las violaciones se multiplicaron.

Fue ingresada varias veces en un hospital, con moratones y heridas propias de terribles palizas, y sus padres consiguieron alejarla de Paul.

Entonces, víctima de los remordimientos y de la mala consciencia, confesó todos los crímenes en los que había participado.

La policía detuvo a Paul, para interrogarlo sobre los asesinatos, y en su casa encontraron los vídeos con las violaciones y asesinatos de dos de las muchachas.

No sólo esto.

En un diario, escrito por Paul, encontraron evidencias de su participación en otros violaciones, perpetradas unos antes de conocer a Karla, y mientras iniciaba su relación con ella.

Se trataba de un violador con una larga trayectoria, y que había llevado el terror a numerosos hogares en Scarborugh en el estado de Toronto.

Karla, para evitar ser encarcelada con todo el peso de la ley, accedió a narrar todo lo sucedido, incluyendo la muerte de su hermana, en una carta que trascendió a la prensa y que horrorizó a la opinión pública.

Paul fue condenado a cadena perpetua, que en Canadá se aplica de forma íntegra en el caso de los violadores, y ella, a doce años de prisión. En 2005 Karla salió de prisión, mientras que su ya ex-marido declaraba que ella había sido quien mató a Leslie Mahaffi, en contra de su voluntad.

domingo 4 de enero de 2009

Harvey Murray Glatman, el fotógrafo del miedo


Las apariencias pesan demasiado en nuestra sociedad. En ocasiones, la valía real, lo bueno de cada persona, queda eclipsada por un físico no demasiado agraciado. Nunca se llegó a saber si Harvey Murray Glatman tenía un valor real en su interior, si era una persona brillante en su interior. Su fealdad exterior le causó un gran trauma en su infancia. Nació en Boulder, Colorado, el año 1927, y ya desde pequeño destacó por su físico, ajado, desagradable para sus compañeros de estudios y juegos. Los niños pueden ser muy crueles y los motes que le cayeron encima, como una gran burla y un terrible escarnio eran similares a “Dumbo”, “Cabezón”, “El Monito”, “El Bombillita”. El odio comenzó a aflorar en su mente y se retrajo en si mismo. Su rostro, efectivamente, no era nada agraciado. Sus orejas destacaban en su cabeza y no se ajustaba a los cánones impuestos por la sociedad de su momento. Las chicas no disfrutaban con su presencia, porque se había vuelto huraño, solitario y poseedor de un gran rencor por todos los que le habían rechazado. Como no, las mujeres recibieron una sobrada parte de ese odio, de ese rechazo. Ya en el instituto, comenzó a robar los bolsos y las mochilas de sus compañeras. Oculto, las abría, las miraba y escudriñaba, contemplando su contenido y recreándose con él. En aquella época, el único sexo que tenía era consigo mismo. El onanismo era la única relación carnal que conseguía mantener. Le excitaba la presencia femenina, pero a distancia, sin llegar a intimar con ninguna de las muchachas que vivían a su alrededor. Los diecisiete años, su obsesión dio un paso más. Se hizo con una réplica de un revólver y salió a la calle, en busca de mujeres jóvenes, de chicas de su edad. Se acercaba a ellas y les enseñaba el revólver falso. Ellas se quedaban paralizadas por el miedo. Él les pedía que se desnudaran, mientras las observaba y se recreaba en su miedo y su desnudez. No hacía nada más. No las agredía, no las violentaba. Sólo se abstraía mirándolas. Luego, las pobres muchachas eran invitadas a vestirse e irse. Él las seguía con la mirada cuando se iban, y pronto se cansó de su macabro juego. No le producía más que un goce limitado, unos minutos de placer. Entonces pensó que podía retener esas imágenes. La fotografía era la solución, así que compró una cámara y se las ingenió para obtener fotos de mujeres, de cientos de ellas. Las tomaba a escondidas, aunque su obsesión fue su perdición. Tras una temporada haciendo esto, fue localizado y detenido por la Policía. Se trasladó a la populosa Nueva York, donde se sentía en un paraíso de rostros y figuras femeninas. Las seguía y las fotografiaba sin mesura. Disfrutaba fantaseando con esas fotografías de desconocidas y abandonó toda su vida normal. El dinero comenzó a escasear y se vio forzado a robar para subsistir, con tan mala fortuna que fue detenido. Durante cinco años medró en Sing-Sing, donde su locura terminó por adueñarse de él. En 1951 salió a la calle, y se dispuso a continuar con sus obsesiones. Esta vez, iba a ir más allá. Se había convertido en un ser rencoroso y odioso. En Los Ángeles se dedicó a reparar televisores, el nuevo vicio de los norteamericanos. En sus ratos libres, se dedicaba a continuar con sus fotos. Convenció a una joven, a Judith Ann Dull, de que trabajaba para una importante revista de moda. Ella era una modelo en plena ascensión, y estaba convencida que en algún momento, debía ofrecer determinadas cosas para medrar en su carrera. En su casa, lugar donde quedaron en el verano de 1957, Harvey se las ingenió para realizar una sesión de fotos. Con esta excusa, la ató en la cama, para que posara de manera sexy. Una vez inmovilizada, dejó a un lado cámara, y la violó varias veces. Esta vez, iba a disfrutar de verdad. Al comprender lo que había hecho, al ver la cara aterrorizada de ja joven, se dio cuenta de que si le detenían, pasaría el resto de su vida en la carcel. A punta de pistola, esta vez real, la condujo hasta el desierto en su coche. Allí, en mitad de ningún sitio, la volvió a forzar. Y pese a sus lloros y súplicas, la estranguló. Luego, se arrodilló junto a ella y lloró, pidiéndole perdón. Nadie reclamó la ausencia de la joven, y Harvey se olvidó durante una temporada de volver a delinquir. Fue al cabo de unos meses, cuando reveló esos carretes, y al ver las fotos, se dio cuenta de que había conseguido su objetivo. Dominó y consumó una relación en la que él tenía el control, en la que no podía hacer nada para rechazarle y pese al tiempo transcurrido, no había sido descubierto. En 1958 volvió a intentarlo. Su víctima fue Shirley Ann Bridgeford, de 24 años. Fue engañada y llevada amenazada por el arma, al mismo lugar que su primera víctima. Allí la violó y la estranguló. En esta ocasión, no hubo arrepentimiento, y tras el acto, no dudó en buscar otra víctima. Ya sabía cual era su verdadera vocación. Su tercer asesinato fue el de Ruth Mercado, una prostituta, que corrió idéntica suerte. Para su cuarta víctima, buscó a una chica que quisiera ser modelo, así que puso anuncios en los periódicos. Así encontró a Lorraine Vigil. Ella quería ganar algún dinero extra, y se sorprendió al encontrarse con el revolver. Fue conducida al desierto, pero consiguió lanzarse sobre él y se inició una pelea, en la que se disparó la pistola, hiriendo a la joven en la pierna. Ella siguió defendiéndose hasta que, milagrosamente, llegó una patrulla de carretera y detuvo al psicokiller. Lo confesó todo, y en un juicio de sólo tres días, fue condenado a muerte. Inteligente y frío, aceptó la condena y fue ejecutado el 8 de agosto de 1959.

lunes 15 de diciembre de 2008

Peter Sutcliffe, el destripador de Yorkshire


En Gran Bretaña, no existe asesino más popular y famoso que el mismísimo Jack, aquel que en el siglo XIX provocó la mayor alarma social conocida en Whitechapel, un barrio de la capital inglesa.

Pero si la bruma londinense ha ocultado la identidad de este psicokiller, no ha hecho lo mismo con la de otro conocido y temido asesino de prostitutas, que a imagen y semejanza de su antecesor victoriano, culminó con éxito la masacre de varias mujeres, a finales del siglo pasado.

Peter William Sutcliffe nació el 2 de junio de 1946 en Bingsley, en la región de Yorshire. Durante su niñez, no cumplió las expectativas que su padre, deportista y persona muy activa, depositó en él.

Por el contrario, llevó una infancia y una adolescencia tranquila, más volcada a la lectura y la contemplación. Esto le causó no pocos problemas con sus compañeros de colegio, que solían tener al joven Peter en el blanco de sus abusos.

Al cumplir los 15 años, se comenzó a interesar por el fisioculturismo, cosa que agradó a su progenitor, que comenzó a ver como sus aficiones se decantaban, por fin, hacia el deporte.

Abandonó sus estudios y comenzó a trabajar, aunque no consiguió encontrar un trabajo que le durara demasiado tiempo.

A los 18 años se interesó más a fondo por las motos, y se convirtió en un experto en la mecánica y a ello decantó su futuro profesional.

También, para alivio de su padre, conoció a Sonia Szurma, hija de un inmigrante checoslovaco, de quien se enamoró, y con quien terminó casándose.

Con el tiempo, Peter encontró trabajo en el cementerio local, y allí trabajó durante un tiempo como enterrador, hasta que por fin, consiguió el carnet de conducir para camiones y comenzó a ganar dinero como chofer.

Pero la verdadera personalidad de Peter comenzaba a aflorar. Su compañero, Gary Jackson, comentaba que Peter utilizaba los cadáveres que enterraba como parte de bromas pesadas y sustraía anillos, collares y otros objetos de valor de los ataúdes. No era una persona muy equilibrada, por lo que se veía.

Por esa época, Peter frecuentaba los barrios bajos de Yorkshire, donde suelen estar ubicados los prostíbulos y los pubs de obreros.

Robin Holland, su cuñado, solía acudir con él a beber, aunque se cansó de ver como en casa criticaba duramente a los hombres que frecuentaban prostitutas y él mismo lo hacía sin reparos y dejó de acompañarlo.

Sonia sufrió varios abortos, y finalmente, le dieron la noticia que rompió la normalidad de Peter: no podían tener hijos.

No se sabe con certeza si fue esta noticia o si lo que ocurrió tenía que ocurrir, pero fue a partir de entonces cuando comenzó la escalada criminal de Sutcliffe.

Primero le tocó el turno a Anna Rogulskyj, el 5 de julio de 1975. Fue sorprendida por Peter cuando estaba en el exterior de su casa, enfadada por un desplante de su novio. Peter se acercó por detrás y le golp eó con un martillo. Cuando la tuvo atontada en el suelo, decidió coger una navaja y comenzó a cortar la piel del vientre de la joven. Por suerte, un vecino lo vio y le hizo huir de la escena del crimen, sin consumar el asesinato.

Un mes más tarde se cebó con Olive Smelt, quien también consiguió escapar con vida, tras ser vista por un paseante mientras el atacante le cortaba la espalda.

Wilma McCann fue su primera víctima real. La recogió en una carretera de Leeds, donde estaba haciendo dedo, y le sugirió a Peter “realizarle un servicio”. Willma estaba bebida, y le exigió rapidez a Peter, quien, molesto, aprovechó un descuido de la mujer para reventarle el cráneo con un martillo y proceder, por fin solo, a apuñalar sin piedad el cuerpo.

Fue encontrado al día siguiente por un lechero y se consideró como el primer asesinato del destripador de Yorkshire.

Los años siguientes fueron años de terror para la región, ya que los cuerpos sin vida de prostitutas aparecían sin pausa, y de vez en cuando se reportaban ataques frustrados del misterioso asesino.

Comenzaban a aparecer pistas sobre su identidad, pero no se conseguía averiguar quien era realmente.

La policía recibió, además, unas cartas y grabaciones de alguien que decía ser el asesino, remitidas por alguien que no era Peter, lo que consiguió entorpecer todavía más las investigaciones.

Peter fue interrogado varias veces, aunque su intervención en los hechos fue descartada, pese a que algunos amigos suyos, como Trevor Birdsall, acudieron a la policía con la sospechae que Peter era realmente el destripador.

La cantidad de trabajo acumulado, ya que eran varios años de investigaciones y papeles con denuncias, sospechas e indicios.

El mes de enero de 1981 contrató los servicios de una prostituta en Sheffield. Aparcó su coche en una calle, y la fortuna quiso que fueran vistos por un policía, que se acercó a ver qué hacían.

Fueron conducidos hasta comisaría e interrogados. Las pistas que dio sobre su identidad hicieron sospechar a los agentes, quienes al fin consiguieron identificarle como un más que posible sospechoso.

En el lugar de la detención se encontró un martillo, que había sido escondido por Peter en el momento de la identificación, y en el calabozo se halló la navaja inculpadora.

Por fin, cinco años de terror habían acabado.

En el juicio, se hizo pasar por esquizofrénico, aunque el jurado determinó que era perfectamente consciente de sus actos y fue condenado a prisión. En la misma fue atacado hasta en tres ocasiones por presos, y en el año 2011 cumplirá los primeros 30 años de condena, y podrá acogerse a la libertad condicional, si la ley no lo impide.