domingo, 3 de febrero de 2008

El cazador de Alaska, Robert Hansen

Juventud, infancia, divinos tesoros. No se esconde al lector habitual de esta sección que es esta época, y no otra, la que determina el carácter del futuro adulto. Y los adultos que suelen aparecer en esta página no son precisamente ejemplos a seguir.

Así que, como ya habrás adivinado, esta etapa de la vida de Robert Christian Hansen no fue la mejor deseable.

Nació en 1939 en Estherville, Iowa, pero su vida transcurrió en Anchorange, el gélido enclave en la fría Alaska. Tierra de aventureros, fue poblada por personas que buscaban la riqueza, la fortuna o simplemente, comenzar de nuevo.

Allí llegó Robert, tras una adolescencia perseguido a causa de su timidez y su frágil y escuálida figura. Su cara, en sus propias palabras, parecía “una enorme espinilla”. Todo un dechado de complejos y dificultades para relacionarse.

Ya había visitado la carcel, por haber inducido a un joven a incendiar el garaje del autobús de la escuela.

Cumplió tres años y después, intentó rehacer su vida en la lejana Alaska.

Allí llegó en 1969 y se estableció con su mujer y sus dos hijos. Montó una panadería, y en muy poco tiempo se convirtió en un pilar de la sociedad.

Su pasión, la caza.

Robert se convirtió en un experimentado cazador. Su destreza con las armas de fuego sólo se podía comparar a la que mostraba con el arco. Sus hazañas con este arma eran comentadas en las tabernas de la ciudad. Osos, lobos y la huidiza cabra montañera de la zona eran presas fáciles para el gran cazador.

La gente le tenía por una persona íntegra y un hombre honesto.

Ni siquiera los problemas con la justicia, provocados por su inquieta personalidad, hicieron que los vecinos de Anchorenge se preocuparan como debían ante sus correrías, pese a que volvió a prisión en otra ocasión. El delito, una violación, pero se salvó de una pena más larga por decisión médica.

Craso error.

Una vez fuera, adquirió dos de sus bienes más preciados: una cabaña de caza, perdida entre las montañas, y una PiperSuper Club, una avioneta para llegar hasta la cabaña.

Allí pasaba semanas enteras, dedicadas al arte de la caza.

Pronto, se cansó de perseguir animales, e ideó un nuevo y macabro entretenimiento.

Como toda ciudad portuaria, Anchorenge no carecía de una zona canalla, un barrio chino donde la prostitución y el crimen convivían con la sociedad.

A los clubes de alterne dirigió su mirada Robert.

Su obsesión: la felación. De esa manera llegaba al clímax y siempre solicitaba el mismo servicio.

Pronto, añadió una condición para contratar un servicio.

La chica en cuestión debía volar con él hasta la cabaña, donde le realizaría la felación, y no pagaba nada mal…

Lo que realmente ocurría era algo muy distinto.

Una vez en la cabaña, tras unas horas de vuelo, le planteaba a la chica sus opciones: realizaba la felación, se sometía a los abusos que le parecieran y se iba, sin el dinero, pero con vida. La otra era más cruda incluso: si cobraba, se tenía que atener a las consecuencias.

Unas treinta mujeres escaparon vivas gracias a la primera opción, sorprendentemente.

Nunca denunciaron los hechos. Se trataba de chicas sin papeles, inmigrantes y fugitivas de la justicia que, por un motivo u otro no querían tener contacto ni tratos con la ley.

Eran invitadas a volver a Anchorenge, tras ser violadas y maltratadas, pero eso sí, a píe y por el camino más largo. Si consentían, sobrevivían.

A las que elegían cobrar, les esperaba otro futuro.

Después de abusar de ellas, Hansen las hacía salir corriendo de la cabaña, desnudas y heridas por los malos tratos sufridos momentos antes.

Tras unos minutos de ventaja, él salía detrás de ellas, armado con un rifle. Se trataba de perseguirlas, de darles caza.

Así obtuvo una satisfacción que no conseguía encontrar con la caza de animales.

La tenaza de la policía comenzó a cerrarse en torno a Hansen, que ya había sido acusado de violar a una prostituta. En aquella ocasión se libró a causa del testimonio de unos amigos que declararon que Hansen estaba con ellos cuando sucedió ese incidente.

Pero la aparición de un cadáver en el río Knik , muerta por disparos del calibre .223, hizo que el FBI enviará a uno de sus mejores hombres, el agente especial John E. Douglas, especialista en crear perfiles de asesinos en serie.

Repasando toda la información, apareció el nombre de Robert Hansen.

Douglas se fijó en su aspecto y su historial delictivo. Ordenó que los agentes averiguaran si los testigos que le salvaron la vez anterior mentían. Todo comenzó a encajar cuando alguno de los policías, que conocían al hombre y a su fama como cazador, apuntó que era diestro con las armas y que no solía dejar escapar nunca a ninguna pieza.

Los testigos, amenazados con ser condenados por encubridores, se retractaron de su declaración y Hansen fue detenido.

Aunque en un principio negó todas las acusaciones, comenzó a ponerse nervioso. Al final, llegó a un trato con la fiscalía y aceptó los cargos de 4 homicidios, además de una pena por fraude, tenencia ilícita de armas y diversos actos violentos.

En el juicio relató con todo lujo de detalles como engañaba a las chicas, las violaba y las trasladaba hasta la cabaña. Allí, les hacía correr desnudas, y en ocasiones, con los ojos vendados, para abatirlas como si fueran osos o venados.

Todavía en prisión, la federación de caza de Anchorenge eliminó su nombre de su cuadro de honor, su esposa pidió el divorcio, y la policía continúa intentando conocer la identidad de alguna de sus víctimas, que todavía permanece en el anonimato.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

la lastima es que no exista la pena de muerte en Alaska ,no se merece el aire que respira ni el que lo alimenten ,DESPIADADO ASESINO ...

Anónimo dijo...

Perro infeliz li deberian de cazar tambien a el