Mostrando entradas con la etiqueta Estados Unidos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estados Unidos. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de enero de 2009

Harvey Murray Glatman, el fotógrafo del miedo


Las apariencias pesan demasiado en nuestra sociedad. En ocasiones, la valía real, lo bueno de cada persona, queda eclipsada por un físico no demasiado agraciado. Nunca se llegó a saber si Harvey Murray Glatman tenía un valor real en su interior, si era una persona brillante en su interior. Su fealdad exterior le causó un gran trauma en su infancia. Nació en Boulder, Colorado, el año 1927, y ya desde pequeño destacó por su físico, ajado, desagradable para sus compañeros de estudios y juegos. Los niños pueden ser muy crueles y los motes que le cayeron encima, como una gran burla y un terrible escarnio eran similares a “Dumbo”, “Cabezón”, “El Monito”, “El Bombillita”. El odio comenzó a aflorar en su mente y se retrajo en si mismo. Su rostro, efectivamente, no era nada agraciado. Sus orejas destacaban en su cabeza y no se ajustaba a los cánones impuestos por la sociedad de su momento. Las chicas no disfrutaban con su presencia, porque se había vuelto huraño, solitario y poseedor de un gran rencor por todos los que le habían rechazado. Como no, las mujeres recibieron una sobrada parte de ese odio, de ese rechazo. Ya en el instituto, comenzó a robar los bolsos y las mochilas de sus compañeras. Oculto, las abría, las miraba y escudriñaba, contemplando su contenido y recreándose con él. En aquella época, el único sexo que tenía era consigo mismo. El onanismo era la única relación carnal que conseguía mantener. Le excitaba la presencia femenina, pero a distancia, sin llegar a intimar con ninguna de las muchachas que vivían a su alrededor. Los diecisiete años, su obsesión dio un paso más. Se hizo con una réplica de un revólver y salió a la calle, en busca de mujeres jóvenes, de chicas de su edad. Se acercaba a ellas y les enseñaba el revólver falso. Ellas se quedaban paralizadas por el miedo. Él les pedía que se desnudaran, mientras las observaba y se recreaba en su miedo y su desnudez. No hacía nada más. No las agredía, no las violentaba. Sólo se abstraía mirándolas. Luego, las pobres muchachas eran invitadas a vestirse e irse. Él las seguía con la mirada cuando se iban, y pronto se cansó de su macabro juego. No le producía más que un goce limitado, unos minutos de placer. Entonces pensó que podía retener esas imágenes. La fotografía era la solución, así que compró una cámara y se las ingenió para obtener fotos de mujeres, de cientos de ellas. Las tomaba a escondidas, aunque su obsesión fue su perdición. Tras una temporada haciendo esto, fue localizado y detenido por la Policía. Se trasladó a la populosa Nueva York, donde se sentía en un paraíso de rostros y figuras femeninas. Las seguía y las fotografiaba sin mesura. Disfrutaba fantaseando con esas fotografías de desconocidas y abandonó toda su vida normal. El dinero comenzó a escasear y se vio forzado a robar para subsistir, con tan mala fortuna que fue detenido. Durante cinco años medró en Sing-Sing, donde su locura terminó por adueñarse de él. En 1951 salió a la calle, y se dispuso a continuar con sus obsesiones. Esta vez, iba a ir más allá. Se había convertido en un ser rencoroso y odioso. En Los Ángeles se dedicó a reparar televisores, el nuevo vicio de los norteamericanos. En sus ratos libres, se dedicaba a continuar con sus fotos. Convenció a una joven, a Judith Ann Dull, de que trabajaba para una importante revista de moda. Ella era una modelo en plena ascensión, y estaba convencida que en algún momento, debía ofrecer determinadas cosas para medrar en su carrera. En su casa, lugar donde quedaron en el verano de 1957, Harvey se las ingenió para realizar una sesión de fotos. Con esta excusa, la ató en la cama, para que posara de manera sexy. Una vez inmovilizada, dejó a un lado cámara, y la violó varias veces. Esta vez, iba a disfrutar de verdad. Al comprender lo que había hecho, al ver la cara aterrorizada de ja joven, se dio cuenta de que si le detenían, pasaría el resto de su vida en la carcel. A punta de pistola, esta vez real, la condujo hasta el desierto en su coche. Allí, en mitad de ningún sitio, la volvió a forzar. Y pese a sus lloros y súplicas, la estranguló. Luego, se arrodilló junto a ella y lloró, pidiéndole perdón. Nadie reclamó la ausencia de la joven, y Harvey se olvidó durante una temporada de volver a delinquir. Fue al cabo de unos meses, cuando reveló esos carretes, y al ver las fotos, se dio cuenta de que había conseguido su objetivo. Dominó y consumó una relación en la que él tenía el control, en la que no podía hacer nada para rechazarle y pese al tiempo transcurrido, no había sido descubierto. En 1958 volvió a intentarlo. Su víctima fue Shirley Ann Bridgeford, de 24 años. Fue engañada y llevada amenazada por el arma, al mismo lugar que su primera víctima. Allí la violó y la estranguló. En esta ocasión, no hubo arrepentimiento, y tras el acto, no dudó en buscar otra víctima. Ya sabía cual era su verdadera vocación. Su tercer asesinato fue el de Ruth Mercado, una prostituta, que corrió idéntica suerte. Para su cuarta víctima, buscó a una chica que quisiera ser modelo, así que puso anuncios en los periódicos. Así encontró a Lorraine Vigil. Ella quería ganar algún dinero extra, y se sorprendió al encontrarse con el revolver. Fue conducida al desierto, pero consiguió lanzarse sobre él y se inició una pelea, en la que se disparó la pistola, hiriendo a la joven en la pierna. Ella siguió defendiéndose hasta que, milagrosamente, llegó una patrulla de carretera y detuvo al psicokiller. Lo confesó todo, y en un juicio de sólo tres días, fue condenado a muerte. Inteligente y frío, aceptó la condena y fue ejecutado el 8 de agosto de 1959.

jueves, 2 de octubre de 2008

Henry Lee Lucas, ¿retrato de un asesino?

La realidad de los psicokillers es en ocasiones muy compleja. Tan compleja es, que a veces la línea entre la imaginación de estos sujetos y la simple verdad es muy ténue.
La popularidad, uno de los grandes motores que empuja a estos individuos a ser como son, puede provocar que se atribuyan crímenes que no han cometido, para permanecer en las primeras páginas de los periódicos o en los titulares de las noticias.
¿Fue Henry Lee Lucas un asesino en serie o un simple enfermo mental que se atribuyó más de 600 asesinatos en diferentes Estados de la Unión?
Lo que es cierto es que su primera víctima humana fue su propia madre, el día 11 de enero de 1960.
Viola Lucas, una prostituta alcohólica de Blacksburg (Virginia), había conducido la vida de Henry y sus nueve hermanos por una infancia terrible, cruel y dura.
Los hermanos eran golpeados y maltratados por la mujer, bajo la mirada ausente de su padre, un lisiado también alcohólico que murió a causa de una enfermedad.
Los demás hermanos tuvieron ocasión de huir de la miseria familiar gracias a un programa de acogimiento en otras familias. Henry no tiene esa suerte y es sometido a un maltrato constante, que incluso le costó un ojo.
La desidia de su madre provocó que tras una paliza de la mujer no fuera atendido de una herida en el ojo y tras tres días de insoportable dolor e infecciones, fue extirpado.
También le vestía de niña, y de esa guisa lo enviaba al colegio, con todos los problemas que esto podía causar al joven.
Tras ser arrestado por varios pequeños robos y violencia contra animales, una de los tres avisos de que existe una psicopatía lantente, huyó de su casa.
Su madre intentó que volviera a casa, y se personó hasta la casa de la hermana que le acogió.
La pelea fue terrible, y aunque no se conoce de manera exacta lo que sucedió, el resultado sí que es inequívoco.
El cuerpo de Viola Lucas yació muerto frente a Henry, que le había asesinado en mitad de la pelea que se provocó.
Intentó escapar, pero fue detenido en Toledo (Ohio). En su confesión, declaró haber abusado sexualmente del cadáver.
Durante quince años cumplió condena por matricidio, y fue puesto en libertad el año 1975, cuando ya contaba con 39 años de edad.
El destino que le aguardaba en la calle, fuera del presidio, no era demasiado halagüeno. Se dedició a vagabundear sin rumbo fijo, y fue así como conoció a Ottis Toole, otro sin techo que atesoraba en su interior tanta maldad y malevolencia como el propio Henry. Su afición se decantaba por la piromanía, y como no, por la salvaje emoción de acabar con las vidas de sus semejantes.
Ambos comenzaron a caminar juntos, y se unió a ellos la joven Frieda Powell, conocida como Becky, sobrina de Ottis y que acabó enamorada del ya maduro asesino.
Los tres se refugiaron durante una temporada en una comuna religiosa en Texas. Allí realizan varios trabajos “legales”, pero sus aficiones son bastante distintos.
En esa época, entre 1976 y 1981 se concentraron el mayor número de crímenes de la pareja.
Su modus operando fue caótico. Daba igual quien moría. No importaba si era hombre o mujer. Si los dos criminales salían “de caza”, pobre del que se cruzara en su camino.
Mujeres, hombres, niños, e incluso animales, eran víctimas propiciatorias de sus mentes perversas. El sexo con los cadáveres, e incluso se sospecha de canibalismo, era una de las atrocidades que cometían los dos sádicos comprades.
Becky, mientras, se sintió abandonada y quiso volver hasta Florida, donde había nacido y se había criado. Henry discutió con ella y se avinó a llevarla hasta allí, aún en contra de sus deseos.
La joven no llegó nunca a su hogar. La confesión de Henry determinó que la mató a cuchilladas en un descampado y la descuartizó, no sin mantener sus habituales actividades sexuales con el cuerpo.
Al cabo de unos días, fue detenido nuevamente por tenencia ilegal de armas, y en el calabozo, confesó haber cometido un número indeterminado de asesinatos, algunos ocn la ayuda y colaboración de Toole.
El escándalo fue mayúsculo. Se sucedían los nombres, las situaciones, los asesinatos…
Se les relacionaba con cualquier desaparición o muerte violenta que se había producido en su zona de actuación, pero si un caso tuvo relevancia fue el de “Calcetines Rojos”, una mujer joven que no se pudo identificar y que se convirtió en el asunto que abanderó el caso contra Henry.
Durante el juicio, hubieron numerosas dudas sobre la autoría de muchos de esos crímenes, pero sí se lograron demostrar un buen número de ellos.
Queda la duda de cuantas personas fueron víctimas de este par de crueles asesinos, pero se barajaron cifras que oscilaron entre los 200 y los 600. Las declaraciones confusas y contradictorias de Henry provocaron aún más dudas, pero finalmente fue condenado a muerte en Texas.
Irónicamente, esta pena fue conmutada a cadena perpetua por el hoy todavía presidente de los Estados Unidos y entonces gobernador de Texas, George W. Bush. El único que se salvó por la firma del mismo.
Medró en prisión, orgulloso de su fama, ofreciendo de ven en cuando declaraciones en las que incluía sectas satánicas y otros argumentos.
El mes de marzo de 2001 falleció en prisión por causas naturales, dejando tras de sí una estela de muerte, confusión y terror.

lunes, 23 de junio de 2008

CARL PANZRAM, ASESINO Y PIRATA EN ESTADOS UNIDOS

Los asesinos en serie cuyas vidas vistamos en está página son fruto de una infancia o juventud violenta, desatendida y cruel. Sus actos tienen raíces que se hunden en ese pasado y afloran en su época adulta, aunque en alguno de ellos, lo hace incluso cuando todavía no se afaitan.
Y el protagonista de esta semana es uno de esos jovencitos que dieron el salto al lado oscuro de la vida y cuyas pendencias y malas ideas alcanzaron su punto máximo siendo un joven adulto.
Carl Panzram tuvo a lo largo de su truculenta vida varios alias:Jefferson Baldwin, Jeffrey Rhodes, John King, John O’Leary… pero no tardó en ser conocido como uno de los más peligrosos criminales de la costa Este norteamericana.
A los siete años, su padre se fue de casa, dejando a su madre y a los siete niños desamparados. Los malos tratos habían sido moneda habitual en el seno familiar, y según Carl, continuaron cuando el progenitor se fue, merced a la mala voluntad de sus hermanos.
En 1903 Carl, con 12 años, irrumpió en una casa para robar, y fue descubierto. Recibió una cruel paliza a manos de uno de sus hermanos mayores y fue recluido en el Minnesota State Trainin School, una institución reformatoria en la que la vida no resultaba nada fácil.
Los abusos comenzaron nada más entrar, cuando un oficial le hizo desnudarse y le toqueteó sin miramientos. La férrea disciplina venía de la mano de una educación religiosa fundamentalista, que daba a los educadores la excusa para castigar sin miramientos a los internos. Palizas y severos castigos mermaron la capacidad de raciocinio del muchacho y comenzó a desear venganza contra todo el mundo.
Al poco de estar allí, harto quizás de los castigos, prendió fuego a un barracón del reformatorio, y lo vió arder con satisfacción. No se supo que había sido él el incendiario, y dos años después, consiguió hacer creer a los miembros del comité de libertad que se había reformado.
Fue devuelto a la familia, pero no tardó en cansarse de la vida en la granja y comenzó a detestar a su madre. “Ella era muy tonta para enseñarme algo bueno”, anotó en sus memorias.
En el colegio, recibía castigos corporales por parte de uno de sus profesores más estrictos. Planeó matarlo y fue a clase con un arma, que fue descubierta y se le expulsó.
Harto y asqueado, se subió a un tren y partió hacia lo desconocido, listo para hacerse la vida a su manera, sin ataduras ni límites. En uno de estos tren, fue violado y golpeado por otros vagabundos, un ataque que tuvo muchas más consecuencias que las inmediatas. Su mente se quebró y su rencor hacia la humanidad aumentó hasta límites insospechados.
Los siguientes meses fueron una sucesión de robos, incendios, asaltos y violaciones. Los chicos más jóvenes eran sus principales víctimas, hasta que fue detenido y encarcelado de nuevo en un reformatorio. A la mínima oportunidad que tuvo, mató a un celador y escapó. Esta estancia también estuvo llena de torturas y vejaciones, aunque en esta ocasión pudo defenderse.
Al huir, continuó con su campaña de crímenes, con los muchachos y las iglesias como principales focos de su atención. A sus 14 años ya era uno de los más peligrosos criminales de los Estados Unidos.
En 1907 decidió alistarse en el ejército, aunque sólo consiguió permanecer en él durante un mes. Ese periodo de tiempo le valió para ser expulsado con deshonor y condenado a trabajos forzados durante tres años. Llevaba una bola de acero de 25 kilos atada en su tobillo derecho y picaba piedras durante diez horas al día.
Al cumplir la condena, vivió durante unos años en las calles, asesinando, violando y asaltando a los incautos que se pusieron a su alcance.
Salió en marzo de 1915, y en junio volvió a estar encerrado, esta vez, en Oregon. De allí salió en 1917, aunque no tardó en ser detenido de nuevo. En 1918 escapa en medio de un tiroteo y se refugió en un tren que le llevó hasta la costa del Atlántico. En New Haven, Connecticut, continuó aumentando su número de violaciones, asesinatos y robos. Allá entró en la residencia del entonces presidente Taft, quien firmó su orden de encarcelamiento en el ejército, cuando era Secretario de Defensa. Consiguió un considerable botín y compró un yate. La primera tripulación fue violada y asesinada mientras dormían a bordo. Las dos siguientes, también.
Huyendo de las autoridades, buscó refugio en un carguero que le llevó hasta Angola. Allí trabajó para una empresa petrolera, pero sus malas ideas terminaron por hacerle huir de nuevo. Una tarde encontró a un niño de 11 años, al que violó y asesinó. Este crimen, unido a la masacre que provocó durante una batida para cazar cocodrilos, en la que mató a todos los porteadores a sangre fría, provocó nuevamente su huída hasta los Estados Unidos.
En 1922 regresó a su país natal, donde continuó con sus fechorías.
Varios niños murieron a manos de Panzram, que continuaba su terrible viaje por la Costa Este americana. Salem, Connecticut… en todas estas ciudades dejaba un rastro de sangre.
Tras ser detenido por enésima vez, decide confesar todos sus crímenes. Era el año 1923, y la cuenta de víctimas superaba ya el centenar.
En prisión, se hizo respetar por el resto de internos. Nadie le molestaba. Nadie se atrevía a cruzarse en su camino, y quien lo intentó, acabó muerto, como el encargado de la lavandería del centro. Intentó escapar de nuevo, pero fracasó.
Los guardias cayeron sobre él y le dieron una brutal paliza que le dejó tendido en el suelo de celda, sin atención médica, durante 14 meses.
En su siguiente periplo carcelario ya se le condenó a muerte. Antes, su amistad con un oficial de la prisión le hizo escribir una confesión de 20.000 palabras en la que relató, con pelos y señales, todos sus crímenes.
Fue el 5 de septiembre de 1930 cuando el cadalso se abrió y el más terrible asesino, pirata, asaltador americano, fue ajusticiado.

miércoles, 11 de junio de 2008

H. H. HOLMES, UN PIONERO AMERICANO DEL CRIMEN


No se puede precisar quien fue el primer asesino en serie de la Historia, pero sí que se pueden apuntar los nombres de algunos que iniciaron la “época moderna” de locura y crímenes.. Aunque anteriormente ya hubieron asesinos en serie, como John Wesley Harding, H. H. Holmes puede llevarse el mérito de ser considerado el primer gran psicokillers de la nueva época.

Hermann Webster Mudgett nació el año 1861 en Gilmanton, New Hampshire, y tuvo, como no, una infancia difícil y cruenta.

El final de su carrera llegó tras la acusación de un compinche de correrías. La investigación de un delito de fraude a una aseguradora dejó a los detectives sorprendidos, tras ir descubriendo cadáver tras cadáver, todos asesinados por la cruel y desequilibrada mano del entonces llamado Holmes.

Pero vayamos al principio, y dejemos el final para más adelante.

Tras una infancia, en la que la figura del padre alcohólico fue decisiva, se graduó en la escuela de medicina, y consiguió el título de ayudante de laboratorio de farmacia. La vocación no llegó, dicen los cronistas, de un deseo de ayudar al prójimo, sino de una obsesión por la muerte y los cadáveres proveniente de una ocasión en la que, al parecer, los chicos del barrio quisieron aterrorizarle con un esqueleto humano. Esa aventura le marcó profundamente y le hizo desarrollar una especial afición.

Su vida romántica no fue muy bien, ya que se casó en tres ocasiones, sin ni siquiera haberse divorciado de la primera. Era otra de sus facetas: la de embaucador y estafador, una faceta que le llevó a la cárcel.

En 1880 se había trasladado a Chicago, donde comenzó a trabajar como ayudante en una farmacia, propiedad de una mujer y su familia. Allí tomó contacto con la gente de la ciudad, y se creó un grupo de amistades, sobre todo femeninas, que le ayudaron a establecerse definitivamente allí.

Unos meses después, la propietaria de la farmacia y su familia desaparecieron. Holmes era entonces el propietario del negocio. Dijo que la dueña le había vendido el despacho y que se había ido a vivir a otro estado. No se sabe a ciencia cierta la verdad de esta historia, pero visto lo que sucedió después, no es difícil imaginar el trágico final de esas personas.

Con los beneficios obtenidos con la farmacia, adquirió un solar justo enfrente. Al poco tiempo, comenzó a edificar un edificio, cuya construcción se prolongó durante varios años, y que tenía varias peculiaridades: entre ellas, su fachada, que recordaba a un castillo medieval.

Chicago era entonces un punto muy importante a nivel mundial. Tanto era así que en 1883 se celebró en esta ciudad la Feria Mundial, y durante seis meses fue el centro del mundo occidental.

El edificio continuaba creciendo, pese a que los contratistas eran despedidos a las pocas semanas de coger la obra. Así, Holmes se aseguró de que nadie entendería del todo los complejos planos de la vivienda.

Esta constaba de varios pasos secretos que comunicaban habitaciones entre sí. Otras estaban totalmente aisladas del resto, y complejas canalizaciones podían verter en ellas los más variados gases, sin dar posibilidad al incauto que durmiera en ellas de escapar con vida.

Así, aprovechando la Feria, Holmes puso en alquiler las habitaciones.

Muchas mujeres con dinero, solas y aventureras, que ansiaban conocer nuevas experiencias, se alojaban en el “Castillo del terror”, como se conoció después.

Eran observadas por las multiples mirillas que había abierto en todas las estancias, y mientras las espiaba, decidía qué fin iba a aplicarles.

En unas ocasiones, lanzaba una mezcla de gases que provocaban una lenta y agónica muerte, que él contemplaba desde un lugar seguro. En otras, habría la puerta camuflada en mitad de la noche y violaba y asesinaba con sus manos a la incauta víctima.

Luego, se deshacía de los cuerpos en el sótano, donde los incineraba e incluso, dicen que vendía los esqueletos a estudiantes de medicina poco escrupulosos.

El fin llegó cuando, para financiar sus macabras aficiones, se dedicó a timar a varias aseguradoras.

Intentó hacer pasar por muerto a Benjamín Pitezel, un padre de familia con un suculento seguro de vida: algo más de 10.000 dólares. Junto a varios maleantes, preparó un cadáver que fue calcinado en un hotel y fue identificado como el presunto cadáver. Luego, en lugar de repartir el dinero entre sus ayudantes, Holmes se fugó. Uno de estos, vengativo, comunició a la aseguradora el timo y esta contrató a unos detectives para cogerlo y detenerlo.

Lo detuvieron, pero se encontraron con algo sorprendente: efectivamente, el cadáver sí era el de Pitezel. Holmes lo había asesinado y había ocultado esto a sus compinches e incluso a su mujer del desdichado. Incluso había convencido a la mujer para custodiar a los hijos de ambos hasta que pasaran unas semanas y no se levantaran sospechas.

La investigación llevó a la policía hasta el “castillo”, donde se hallaron restos de hasta 27 cuerpos. Muchos de ellos de mujeres, pero otros de hombres e incluso niños.

Quizás, ¿sería alguno de estos de los tres niños Pitezel?

La opinión pública se escandalizó, al saberse que los asesinatos habían comenzado años antes, cuando estudiaba medicina y había asesinado a un compañero para cobrar el seguro. De ahí venía su desahogo económico, de defraudar con varios nombres falsos a compañías de seguros.


Fue ajusticiado el día 7 de mayo de 1896, en la horca.

lunes, 28 de abril de 2008

Albert de Salvo, el presunto estrangulador de Boston


La personalidad de los psicokillers, como ya sabemos, suele estar predeterminada desde la infancia. Los comportamientos antisociales y crueles en estos primeros años de existencia son determinantes en sus correrías criminales.

Es el caso de Albert de Salvo.

Nació el 31 de septiembre de 1931 en el seno de una familia desestabilizada por el mal carácter de su padre. Al parecer, se encargaba de descargar su ira sobre los seis hermanos y su madre. Los continuos golpes y abusos de su progenitor propiciaron que el joven Albert abandonase la unidad famililar pronto y se criase en las calles, lejos del asfixiante ambiente familiar. Pequeños hurtos y pendencias son el bagaje de esa temporada, en la que pasó varias noches en los calabozos de la comisaría.

Mientras, su madre se volvió a casar y decidió dejar a Albert a su destino, mientras ella rehacía su vida junto a su nuevo esposo.

Él, en cambio, decidió alistarse en el ejército y fue destinado a Alemania. Allí conoció a Irmgard Berk, hija de una respetable familia, de la que se enamoró y con la que contrajo matrimonio.

Los problemas de la nueva familia De Salvo comenzaron cuando Irmgard tuvo su primer hijo. Unos problemas en el parto propiciaron que la mujer cogiera aprensión al sexo y a raíz de esto, Alberto comenzó a buscarlo en otras mujeres.

A su regreso a los Estados Unidos, comenzaron los problemas para Albert.

La prensa comenzó a publicar las noticias referentes a un asesino en serie que aterrorizaba Boston.

Sus víctimas eran estranguladas y comprendían edades entre los 19 los 85 años. Todas eran violadas antes y sus cuerpos sin vida eran encontrados a las pocas horas en sus casas.

La primera de ellas fue Anna Slesers, de 55 años. Su cadáver fue hallado por su hijo. Al llegar a casa se encontró con una escena dantesca. El domicilio estaba completamente revuelto, como si lo hubieran asaltado y robado, y el cuerpo de su madre estaba desnudo y con claros signos de haber sido violado. El cordón de la bata había sido el arma homicida.

Ese 14 de junio de 1964 comenzaba la leyenda del Estrangulador de Boston.

Dos semanas después fue asesinada Nina Nichols, de 65 años. En esta ocasión fueron las medias el objeto con que terminó con su vida. Otra vez, el domicilio estaba revuelto, como si se hubiera producido un robo.

Los investigadores se dieron cuenta entonces de un detalle: en el suelo aparecieron varios dólares y objetos de valor. Todo parecía una estrategia para confundir las investigaciones y el auténtico móvil del crimen.

En el mismo día, apareció muerta Helen Blake, de la misma edad, a unos quince kilómetros de distancia del hogar de Nina. El apartamento de esta infeliz también presentaba signos de asalto.

La alarma social comenzó a extenderse y la policía hizo un llamamiento para que las mujeres de Boston no permitieran la entrada a sus hogares de extraños y extremaran la precaución.

Las muertes se sucedían, y la edad comenzó a variar. Ya no se trataba de mujeres blancas maduras, sino que comenzaron a aparecer los cadáveres de jóvenes de entre 20 y 30 años, una de ellas afroamericana.

Pronto se encontró una descripción del asesino, aunque confusa. Una testigo aportó una declaración en la que afirmaba haber visto como un hombre de unos 30 años entraba en el apartamento de la última víctima. Allí, además, se encontraron restos de semen.

En otra ocasión, la policía se desconcertó, al encontrarse un cadáver asfixiado, como los otros, pero con 22 puñaladas. El cuchillo se halló en la cocina.

Las autoridades se desesperarona. ¿Era todo obra de un desequilibrado o habían varios asesinos sueltos?

Para intentar avanzar, el Fiscal General de Boston acudió a Peter Hurkos, un mentalista que tenía cierta fama en esa época.

Las dotes de Hurkos se revelaron muy útiles. Fue capaz de aportar detalles que no podía conocer e incluso descartó una foto que no correspondía con el caso, y que había sido colocada por la policía para probar al “detective psíquico”. Y todas las fotos, por cierto, estaban boca abajo, por lo que las descripiciones que hacía de ellasHurkos, sin verlas, dejaban asombrados a los agentes.

Los indicios obtenidos por la intervención de Hurkos condujeron a la detención de un exhibicionista y fetichista, que recibió el nombre de Thomas O’Brien para proteger su identidad real.

Por desgracia, la policía determinó que este personaje no era el culpable de los asesinatos, por lo que lo soltaron inmediatamente. El asesino continuaba suelto.

Una llamada disparó los acontecimientos. Una mujer denunció que un individuo entró en su casa, y al comprobar que también estaba su marido, salió corriendo. La identificación como Albert De Salvo fue positiva y fue detenido.

Confesó sus asesinatos y fue condenado a cadena perpétua en 1966. Falleció en 1973, víctima de un compañero de celda, que lo apuñaló.

Hasta aquí, nada destacable, pero las dudas afloraron casi inmediatamente después de su detención.

Las confesiones eran bastante precisas, pero en los 13 asesinatos que se le adjudicaron habían algunos que no correspondían a su modus operandi. Quizás Albert De Salvo era el Estrangulador de Boston, pero ¿era realmente el culpable de todos los asesinatos referidos?

Incluso los familiares de algunas victimas lo dudan. Es posible que en algún lugar de Boston, otro Estrangulador continúe libre, quizás encubierto por el propio De Salvo.

Su vida ha dado lugar a la película “El Estrangulador de Boston”, con Tony Curtis en el papel del asesino e inspiró el film “Copycat”, con Sigurney Weaver y Holly Hunter.

lunes, 3 de marzo de 2008

John Wayne Gacy, el payaso asesino

La infancia, querido lector. Que gran momento, que pasa fugaz por nuestras vidas y deja tenues recuerdos. En ocasiones, esos recuerdos vuelven a nuestra mente a medida que pasan los años y es fácil ir recordando esos pasajes de nuestra historia que dejaron huella.

Y en ellos, probablemente, la figura de un payaso tenga una relevancia especial. Sí, los payasos acompañan las fiestas infantiles, les alegran y divierten sin más pretensión que hacerlos felices.

Que gran labor realizan los payasos, ¿verdad?

Pero también hay un lado oscuro en estos simpáticos personajes, que en ocasiones hacen que el niño más alegre salte en el llanto más desgarrador.

Quizás, en lo más profundo de su mente, relacionen a esa cara multicolor con terribles crímenes y grandes barbaridades realizadas contra las personas.

Quizás, y sólo quizás, atisben la cara de Pogo, de John Wayne Cacy.

Nació tras la Gran Guerra, en 1946. Fue en Chicago, en el seno de una católica familia irlandesa, compuesta, como no, por un padre alcohólico, dos niñas y una madre maltratada por su marido y él mismo.

-La infancia de John transcurrió, como es normal en este tipo de personas, en mitad de los sentimientos encontrados frente a su padre. Por un lado, sus continuos abusos verbales contra él y las mujeres de la casa, y por el otro, el ansia de ser digno de recibir la atención del progenitor, hacer que se sintiera orgulloso de él y no incurriera en esos severos castigos.

Con 11 años, comenzaron los problemas de salud para John. Un golpe en la cabeza, provocado por los juegos con sus amigos, le costó un coágulo en la cabeza. Quizás sea ese uno de los motivos de su comportamiento posterior, aunque probablemente, no tenga nada que ver, y sólo sea su perturbada mente la responsable.

Este episodio se pudo arreglar sin más problema gracias a la medicación, aunque tardó varios años en diagnosticarse. A medida que crecía, sus problemas de salud continuaron, esta vez con el corazón como protagonista. Su órgano motor comenzó a provocarle molestias, aunque los médicos decidieron que no era un gran problema y que podía continuar con su vida.

Tras una época de instituto con bajas notas, partió a probar fortuna a la luminosa Las Vegas, donde terminó ejerciendo en empleos de baja consideración, y tuvo que volver a su Chicago natal. Allí se matriculó en una escuela de negocios, desde donde comenzó a ganar una posición social gracias a sus dotes de vendedor.

Conoció por esa época a Marlynn Myers, cuyo padre era propietario de una franquicia de Kentucky Fried Chiken y ya tuvo su futuro profesonal asegurado, en la dirección del restaurante.

También despuntó entonces su vocación de ayuda a la comunidad. Se disfrazaba de payaso y acudía a los hospitales y orfanatos, para alegrar a los pequeños allí internados. Pogo, su personaje, era querido y admirado por la chiquillería. Era agradable, risueño y simpático. Todo un gran personaje a nivel social.

Hata que, las malas lenguas, envidiosas quizás de su posición, comenzaron a trabajar. Se decía que John tenía una querencia especial hacia los jovencitos que trabajaban con él en el restaurante. Se decía que no atendía convenientemente a su esposa y que frecuentaba la compañía de jovencitos que le procuraban el desahogo que no obtenía con ella.

Entonces, apareció Mark Millar, un joven que le acusó de haberlo retenido contra su voluntad y violado en su propia casa, tras engatusarlo y atarlo en la cama.

John dio con sus huesos en la carcel durante varios años, hasta que salió de prisión por buena conducta. Divorciado, rehizo su vida con Carole Hoff, que aportó al matrimonio dos hijos. Sabía de la condición de ex-convicto de su marido, pero creía en él y le dio una nueva oportunidad.

Sin que ella lo supiera, las correrías criminales del payaso, pues continuaba con su labor desinteresada por los niños. Nada hacía sospechar que este ciudadano modelo, hombre del año de su comunidad, fuera un terrible asesino.

Y es que los secuestros continuaban. Empresario de la construcción, utilizaba todo su encanto personal para atraer a jovencitos, tanto trabajadores suyos como víctimas propiciatorias, hasta su casa y los ataba. Las violaciones se complementaban con torturas que duraban varias horas. Sumergía al muchacho en la bañera, llena de agua, y con la cabeza tapada, hasta que la asfixia podía con él. Cuando estaba a punto de fallecer, lo revivía y continuaba con su tormento. Disfrutaba mucho con esas depravadas prácticas. La violación también la efectuaba con utensilios cortantes, juguetes sexuales que destrozaban a sus víctimas.

La fortuna quiso sonreír a Jeffrey Rignall, que consiguió sobrevivir al cruel destino que le preparaba Wayne, aunque no habló hasta que detuvieron al asesino.

Los vecinos estaban encantados con el regordete hombre de negocios, aunque de su jardín, decían, surgía un desagradeble hedor, que decía su propietario, venía de un sumidero cercano, de unas tuberías en mal estado.

La desaparición de Robert Piest provocó una investigación sobre el considerado buen hombre, finalmente, se destapó todo. En su jardín se encontraron los restos de más de 20 cadáveres. El resto, hasta 33, estaban en un río cercano.

El juicio fue sumarísimo, y John Wayne, el payaso, fue condenado a morir por inyección letal. La pena se cumplió en 1994, dos años después, aunque dificultades con un cateter provocaron que tardará unos 27 minutos en morir.

Sus últimas palabras definen muy bien su verdadero carácter: “Bésame el culo”, le dijo al funcionario que le acompañó hasta su última cita.