sábado, 4 de julio de 2009

Samuel Herbert Dougall, el galán asesino

Sabemos por los diferentes tipos de asesinos que han circulado por estas páginas que la infancia es determinante para los aberrantes y terribles comportamientos que vemos en su madurez.
Pero no siempre es así, y ese carácter violento y cruel se desarrolla al madurar.
Samuel Herbert Dougal no tuvo una mala infancia. Nació en la Inglaterra victoriana y creció con las estrictas normas de la época, pero dentro de la normalidad imperante, sin estridencias ni grandes problemas.
Su adolescencia fue la que correspondía a esos años, y al crecer, decidió servir en el ejército, donde consiguió una hoja de servicios limpia y brillante, sin ninguna mancha. Era un buen y fiel soldado.
Allí consiguió un sueldo de 2 chelines y nueve peniques al día, un pequeño salario pero que le permitía tener una vida tranquila. No obstante, él veía como sus oficiales tenían más dinero, vivían mejor y esa vida le atraía.
Se casó y tuvo cuatro hijos con su mujer, en un matrimonio que no destacó por la infelicidad ni cualquier otro signo que demostrara que la situación fuera crítica.
Él se encontraba algo asfixiado en el matrimonio, se sentía costreñido en la casa, le faltaba el aire.
En 1885 comenzó a idear un plan: iba a medrar en la sociedad y conseguiría hacerlo por cualquier medio.
Su mujer era una buena mujer, dulce, cariñosa y buena esposa, pero la desgracia se introdujo en el hogar de Dougal, a consecuencia de su prematuro fallecimiento.
La causa aparente: una ingesta masiva de ostras crudas. Su muerte fue terrible, agónica y dolorosa. Un envenenamiento había segado la vida de la mujer y Samuel se sentía mal, triste y compungido.
Nadie sospechó otra cosa, ni se abrió investigación por la muerte.
Samuel era un galán victoriano. Vestía siempre con corrección y elegancia, así que a nadie le extrañó que en menos de un año ya tuviera otra mujer a punto de casarse con él.
Y así lo hizo, con una joven a la que superaba ampliamente en edad. Ella sólo vivía por él y le dio toda su vida.
En el mismo año, 1885 esta joven sufrió una serie de calambres, temblores y convulsiones que la llevaron a la tumba.
Pobre Samuel, pensaba la gente, en un mismo año había enterrado dos esposas. Pese a esta casualidad, no despertó ningún tipo de sospechas.
El compungido esposo se refugió en los brazos de incontables mujeres, decenas de amantes que pasaban por su lecho, y los resultados fueron, por desgracia, bastante nefastos.
Y no porque asesinó a ninguna de ellas, sino porque el número de hijos que surgieron de esa época fueron numerosos. Nunca se hizo cargo de ellos y dejó a muchas de ellas en precarias condiciones.
En 1892 contrajo de nuevo matrimonio. En esta ocasión fue una joven irlandesa, que no pudo retener a su lado al galán. Por suerte para ella, por supuesto.
Continuó frecuentando mujeres, sin ataduras, hasta que encontró la mujer que esperaba.
Camille Holland era una solterona victoriana que no esperaba ya encontrar un hombre con el que compartir su vida. Y tenía una considerable fortuna, a la que Samuel puso la vista encima.
Al encontrar a Samuel, creyó encontrar por fin a la compañía que tanto esperaba y comenzaron a establecer una relación.
Él le contó que estaba casado pero que el matrimonio estaba acabado, así que Camille decidió irse con él hasta Essex, un condado casi despoblado en el que encontraron una granja donde sembrar su amor.
Allí tomaron como interna a una jovencísima Florence, que atendía todas las necesidades del hogar.
La pareja medraba en el apacible pueblecito, en mitad del campo, pero…
Samuel no encontró allí lo que necesitaba. Al poco tiempo, la casa se le volvía a caer encima. La rutina y la única presencia femenina de Camille le exacerbaba. Necesitaba más mujeres, y se fijó en Florence.
Una noche, salió de su habitación y se dirigió hacia el dormitorio de la joven. Entró violentamente en ella, pero por fortuna, pudo escapar y se dirigió a la habitación de Camille. Esta le aconsejó que no le tuviera esto en cuenta a su compañero ya que seguramente se trataba todo de un momento de pasión desatada y no tenía importancia. Ella no quería aceptar la naturaleza de su esposo.
Florence se fue esa misma noche de la granja, dejándolos solos en ella.
A los pocos días, Samuel se hartó de su vida, cogió su escopeta y descerrajó dos tiros en la cabeza de Camille. Encontró un lugar solitario, en los lindes de su finca y la enterró.
Había conseguido imitar la firma de Camille y firmaba cheques que cobraba. Así consiguió, durante meses, conseguir el dinero de la mujer. Mientras, nadie sabía qué había pasado con ella, todos creían que estaba viva y en casa.
Sus correrías en el cercano pueblo comenzaron a circular historias sobre las correrías de Samuel con las jovencitas y sus devaneos con las jóvenes.
Se reconcilió con su mujer, la irlandesa y la hizo pasar por ella, pero lo abandonó pronto. Los sobrinos de Camille comenzaron a sospechar e iniciaron una investigación sobre su paradero, ya que hacía varios meses que no sabían de ella.
La policía llegó a la granja y finalmente, localizó el lugar donde enterró a su víctima y lo detuvieron. En el juicio fue declarado culpable de ese crimen y se intuyó su participación en las muertes de sus primeras esposas, aunque no se pudo demostrar. Finalmente, se le sentenció a muerte y se le ahorcó en 1903.

4 comentarios:

Chugo dijo...

menudo pieza Samuel... Lo que le hacia el aburrimiento al hombre...

Susabea Montesinos dijo...

Menudo figurín en plena época victoriana, y eso que fue una época muy rígida. Se te echaba de menos.

nykaa dijo...

Vaya con el Samuel. La verdad es que siempre ha habído mucha injusticia con las mujeres y este hombre no es la excepción, confrimando la regla.Me ha gustado mucho tu blog, me encantan las biografías y mas si son tan enrevesadas como las de este tio...
Saludos y suerte en el concurso, te segiré leyendo de cerca jaja.

Lorena Rocha dijo...

Los vagos han existido siempre, el tenía un problema pero sumado a esto su vagueria resulto el asesino.